Título: Bajo susurros y miradas incómodas: el regreso laboral tras la violencia de género.
Las luchas de miles de mujeres a lo largo de la historia han impulsado transformaciones profundas en nuestra sociedad. Una de ellas ha sido el reconocimiento de la violencia de género como un problema estructural, transversal y urgente. Gracias a estos avances, hoy muchas trabajadoras pueden acceder a licencias especiales, acompañamiento psicológico y asistencia social cuando atraviesan situaciones de violencia.
Sin embargo, poco se habla del *después*.
¿Qué ocurre cuando finaliza esa licencia y la mujer debe regresar a su entorno laboral?
¿Qué pasa cuando, más allá de los protocolos iniciales, la realidad cotidiana vuelve con todo su peso?
Esta situación se vuelve aún más compleja cuando la violencia ha ocurrido en el ámbito doméstico. En muchos casos, el agresor ha logrado aislar por completo a la víctima: la ha alejado de su familia, sus amistades y sus vínculos laborales. Así, cuando la mujer denuncia y toma licencia, no solo se enfrenta a la violencia vivida, sino también a la reconstrucción de su red de apoyo… desde cero.
Al retornar al trabajo, lo que encuentra no siempre es contención. Son frecuentes las miradas incómodas, los susurros, las especulaciones. Algunos compañeros intentan ayudar, aunque muchas veces lo hacen con torpeza. Otros simplemente eligen no involucrarse. Y mientras tanto, esa trabajadora —muchas veces madre, único sostén de hogar— debe reorganizar su vida: cumplir con turnos rotativos, enfrentar largas jornadas laborales y, al mismo tiempo, sostener emocional y económicamente a su familia.
Las críticas no tardan en llegar…
—“Ya no rinde como antes.”
—“Sus hijos no pueden estar dentro del espacio laboral.”
—“Siempre tiene nuevas excusas.” —“Otra vez volvió a faltar.”
Se habla de ella en pasillos, en reuniones, en conversaciones informales. Y en medio de todo eso, la “solución” muchas veces es trasladarla de sector, como si con moverla de lugar se resolviera el fondo de la cuestión.
Entonces surge una pregunta clave:
¿Está el mundo del trabajo preparado para acompañar realmente a una mujer que ha atravesado violencia de género?
El acompañamiento no puede limitarse a la licencia y al protocolo inicial. Hace falta una mirada más amplia, integral y humana. Se necesitan políticas de reincorporación sostenidas, espacios reales de escucha, capacitaciones permanentes en todos los niveles jerárquicos y redes de cuidado que no revictimicen.
Salir de la violencia no termina con la denuncia. Comienza ahí.
Y como sociedad, tenemos la responsabilidad de tender puentes concretos de contención, también —y especialmente— en los lugares de trabajo.
Es momento de dejar de susurrar por lo bajo y tomar las medidas necesarias para que la reincorporación de estas mujeres no sea un problema más que deban afrontar, sino una verdadera oportunidad de reconstruirse, crecer y fortalecerse como mujeres, trabajadoras y cabezas de hogar.
Porque el trabajo, para todos y todas, debe ser una fuente de oportunidades y sostén. Acompañar a quien regresa de una situación de violencia no es solo una obligación legal: es un acto de justicia social y de humanidad.
Autora: Nadia Soledad Tojo – Enfermera Hosp. René Fabaloro - Ciudad de La Pampa -
Participó en el 16° Concurso Sin Presiones “Expresión escrita la salud de lxs trabajadorxs
Organizado por el Instituto de Salud Laboral y Medio Ambiente (ISLyMA) – Córdoba 2025
El jurado expresó: La autora narra la realidad de las mujeres que regresan al trabajo luego de padecer y denunciar la violencia de género. Nadie sabe (o no les interesa aprender) cómo se acompaña a quien volvió del infierno de la violencia de género, menos aún en el ámbito laboral.
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