Titulo: Soy la voz
Soy hija y hermana. La voz de dos personas que no cuentan todo, callan bastante. Por lo que intentaré poner en palabras pocas situaciones, que dimensionan una incomprensible realidad que ni siquiera ellos pueden explicar; solo acatar.
No puedo exponer, ni sentir en primera persona su experiencia, ya que no es mía. Sí narrar, relatar como hija y hermana la historia de dos miembros de las fuerzas, que visten uniformes verdes. A ellos le inculcaron forzadamente que ejercer ese derecho implica una rebeldía, sublevación.
Y decido hacerlo porque confío, gozo de la libertad de expresión como derecho que no fue pisoteado y desterrado por aquellos que creen son más que los civiles.
Todo inicia con una fecha de convocatoria, cumplir una serie de requisitos. Entre ellos no figura dejar en la puerta, arco de ingreso la dignidad, lo digo con respeto. Según me contaron y recuerdo ellos se presentaron de la misma manera, con toda la burocracia que engloba unirse a una institución con régimen jerárquico, que inmediatamente los más antiguos y altos mandos presumen al pasar la barrera. Con coloridas palabras, cartelería y membretes se presenta como la mas respetuosa, y defensora de la nación. En algún momento, yo también lo creí.
Con papeles en mano, traje prolijo, limpio y planchado, bolso con las prendas que solicitaron durante la inscripción. Además, cargaban los miedos, nervios, ansiedad y la ilusión de prosperar económicamente, porque sus orígenes fueron difíciles. Padres, madres y hermanos depositaron en ese hijo, hija y héroe mayor la esperanza del sustento. Todos saben que será de gran ayuda. De pronto y con apenas 18 años el sostén principal.
No importa la ciudad o provincia, las instrucciones son las mismas, solo cambia el clima, la idiosincrasia de los que viven alrededor del destino. Puertas adentro el régimen castrense es idéntico. Tu dignidad y orgullo desaparecen cuando escuchas tu apellido, el corazón late tan fuerte que, durante la formación el compañero que se encuentra firme, mirada al frente, brazos al costado y con la misma frecuencia cardíaca lo escucha.
Ellos contaban poco, coincidían en ese aspecto. Mientras los observaba en conjugación con la inocencia propia de mi edad, escuchaba durante una cena familiar sobradas anécdotas, risas, incomprensibles relatos. Que solo ellos dos sabían en realidad de que se trataba. El resto solo acompañábamos y admirábamos. Sin saber que delante mío tenía una madre y esposa que asentía sin importar sus luchas internas, con tantas ganas de proteger, ella también sabia, un poco.
No todos los ingresantes tienen la fortuna de ver a sus familias cada fin de semana, solo aquellos con domicilio en el lugar de formación, para el resto el permiso son salidas transitorias y regreso al edificio que los comenzó a disciplinar.
Y las anécdotas llegaban con una fuerza contenida, que eran libres al entrar en el hogar familiar, el lugar que sabia mantendría resguardadas sus palabras. Algunas muy graciosas, exageradas ya lo creo. Él -mi hermano- es así muy graciosos y ocurrente, rasgos que no lograron proscribir. Para continuar, llegaban en la charla los consejos, sugerencias, la ventaja de tener en tu familia a quien ya pasó por lo mismo. Los años pasaron, pero la institución por lo visto no entendió de tiempos, de generaciones. Solo que obedezcas y respondas con nombre del cargo de quién está al frente buscando el más mínimo error para anular tu libertad de salir. No, no es una cárcel.
Y llegaba el turno de rememorar los primeros pasos, de quien comenzó a vestir las prendas verdes en la familia, asomaban a la sobremesa. Desde la cabecera -mi papá- emprendía con la descripción de un chico que salió de su casa a los 16 años, arribó de otra provincia, encontró la oportunidad de continuar con su formación. En otros tiempos se prestaba servicio de manera obligatoria. Así comenzó su experiencia, después continuó su hijo. Mi hermano, el tercero de cinco. El único que decidió formar filas.
Vuelvo al relato del muchacho de 16, que recordaba como trabajó en incansables lugares, extrañando a su familia, pero con la firme convicción que debía independizarse y encontrar un trabajo para colaborar con la economía de su hogar. Donde quedaban menos de diez hermanos junto a sus padres porque la situación obligaba, la cultura, la necesidad y los tiempos.
Pero tan lejos viajó que intuyo, la poca certeza y planificación incidieron en su decisión de incorporarse. Aunque en esas épocas la frase armada “defender a mi país” tenía otro sentido, ¿el real? En parte. No sólo la estabilidad económica. El orgullo familiar, es el mismo, no trasciende eras. Me animo a deducir con una mezcla de alivio. Sentimiento que tampoco cambia.
Historias paralelas, diferentes personas, épocas y solo una constante. La institución que los moldea y disciplina. ¿Cómo soportan? A los insultos, discriminación, violencia institucional, desprecio por el hombre y mujer que decidió ser un sub- Al que destruyeron la autoestima, ignorando pedidos de informes por situaciones familiares. Hijos que no son escuchados, esposas que retornan a sus provincias lejos de sus compañeros de vida. Pocos ejemplos pero que son parte de la vida de esos miembros, y sus familias. A las que obligan a obedecer y resignarse.
Qué otras opciones tienen, seguro varias. Sin embargo, con nada de pruebas pertinentes, solo me abala el sentido común como testigo observadora, todos terminan envueltos en un círculo violento del que no ven salida.
Cómo conviven miles de personas, con historias diversas, costumbres, culturas, idiosincrasias varias. Solo una respuesta, el régimen castrense se encarga. Muchos nadamos en la ignorancia por estar del otro lado de la barrera, sin calzar borceguíes y prendas verdes.
Pero el interrogante es constante. ¿Por qué seguís?
Es la pregunta que suelo hacer a quien, sumo situaciones, fue señalado por un superior por estar acompañado de su papá en un aniversario que se realiza en algún día del mes de Julio. El padre se percató, por sus años de experiencia, que si a un “jefe” no le gusta algo te lo hace saber empleando la humillación. Cuando habla de tu peso corporal, por ejemplo, atento alguna mueca en el rostro del personal inferior (por rango, sin estrellas en el hombro) que justifique la sanción. Medida disciplinaria que disfrazan en algunas ocasiones con la negación de días de descanso, cambios bruscos en la fecha de vacaciones, que muchos planifican para compartir con la familia. La que espera paciente y resigna cuando al que tiene bigotes y estrellitas no le gustó verte feliz, compartiendo con tu viejo una celebración.
La respuesta al ¿Por qué? Van desde “tengo deudas”, “todavía no puedo, necesito mas antigüedad”…argumentos de la actualidad. En otros tiempos, no te ibas, aguantabas porque se encargaban de hacerte sentir que poner un pie fuera era una deshonra, una bajeza, señalado por ex compañeros. El que no aguanta es débil y no merece respeto; sí, así era. Lo escuche.
Faltan otros protagonistas, los que quedábamos en casa, apoyando, sosteniendo. Mientras nos tiraban palabras bonitas y colocaban en un pedestal, como pilares fundamentales. Para que tu papá, hermano sigan adelante. Pero esas palabras quedaban en el olvido cuando te cambiaban la brújula por diversión, venganza y me atrevo a decir, cuando venía otro y pedía devolución de favores. Total, el pilar, la familia también aguantaba, la sometían.
Los tiempos cambian, a diferencia de esas infraestructuras de paredes blancas con aberturas verdes, esas no. Las estrellas las vemos en el “cielo” solemos pedir un deseo cuando cae alguna; pero cuando la llevan sobre los hombros creen tener en el poder de dirigir tu destino. No el mío. El de ellos.
Solo estaré agradecida a mi papá, por la entereza que permitió que sus hijos crecieran en un hogar que brindó lo necesario para ser personas de bien. A mi mamá, que fue el verdadero pilar. No porque los hombres de verde lo repitieran como loros en cada discurso, sino porque junto a mi papá, formaron un equipo que sacó adelante una familia de siete.
A mi hermano, por su fuerza interior. A quien aún no comprendo ni entiendo. Sin embargo, respeto y me enorgullece saber que, a pesar de los que llevan estrellas cosidas en una camisa, él es un roble, un ser honrado y atrapa criminales.
Ellos son realmente los protectores de ésta hermosa Argentina.
Autora: Eliana Mariel Aquino – Prensa Freelance- Encargada de comercio – Jesúa María Pcia. de Córdoba.
Participó en el 16° Concurso Sin Presiones “Expresión escrita la salud de lxs trabajadorxs
Organizado por el Instituto de Salud Laboral y Medio Ambiente (ISLyMA) – Córdoba 2025
El jurado expresó: Desde la mirada femenina de “hija y hermana”, asume el rol de narradora-mediadora para presentar el crudo testimonio de esos hombres a quienes la institución militar convierte en engranajes de un sistema jerárquico donde la humillación es la clave de la obediencia.