Tercer Premio del 12° Concurso “Sin Presiones” Expresión Escrita de lxs Trabajadorxs

Título: ” El vuelo del Octavio”

Eran las doce de un martes que repetía el calor insoportable de la última semana.

Marco puso el agua en la pava para cebarse unos mates y entró a refrescarse con una ducha de agua fría. Salió justo para apagar la hornalla. Mientras colocaba el agua en el termo de acero que le había regalado su novia, pensó: “Me estoy haciendo mierda… yo debiera ordenarme un poco más con las comidas…”. Y es que le quedaba poco tiempo como para emprender la tarea de cocinarse una comida elaborada, como las que sólo podía disfrutar los días de franco.

Al tiempo que tomaba el tercer amargo, abrigado sólo con el toallón envuelto en la cintura, se dispuso a prender el celular para ver qué novedades le deparaba la nueva jornada. Notificaciones de una llamada perdida de su madre, algunas otras del Facebook, y las del grupo de Whatsapp que habían armado con los compañeros de trabajo. Allí le anunciaban que debía presentarse a trabajar en el turno de la tarde para reemplazar a un operario con parte de enfermo.

Después de todo, estaría bueno alguna vez dormir por la noche. Así es que casi sin dudarlo confirmó que haría el reemplazo en el turno de catorce a veintidós. Se vistió con el uniforme y llamó a su novia para invitarla a cenar, algo poco habitual para Marco, que siempre cubría el horario de veintidós a seis de la mañana. Se ilusionó con esa posibilidad.

Hacía tiempo que Natalia, su novia, le venía pidiendo que cambiara de turno. Pero él siempre respondía que debía aprovechar, que siendo joven lo podía hacer, al fin y al cabo, las horas nocturnas las cobraba un poco más y eso le permitía ahorrar para esa vida que soñaba junto a ella.

Esa tarde, Marco bajó los seis pisos cantándole a la imagen que le devolvía el espejo del ascensor.

Cantó, también, cuando caminaba hasta la parada del colectivo, al notar que el paisaje de esa calle se veía espléndido con la luz del sol.

Ya en el colectivo, aprovechó para devolverle la llamada a su madre y saber cómo estaban la familia y las cosas en su pueblo natal del interior provincial. Casi que no se dio cuenta del trascurso de los cuarenta minutos de viaje, y se bajó del ómnibus junto a otros trabajadores que ingresaban a esa hora.

Como todos los días, bromeó con los guardias de la puerta sobre los resultados de los partidos de fútbol del último fin de semana. Como si se tratara de una pieza que transita la línea de producción, se encolumnó junto a otros compañeros para llegar a la puerta de “Requechos Humanos”, tal era el nombre que le habían asignado a la oficina de “Recursos Humanos”. Luego de asentar el pulgar para que el patrón pudiera controlar la hora en que ingresó. Pasó por el detall. Buscó su bolsa de herramientas y la lista de tareas y se dispuso a realizar las labores de mantenimiento de las líneas que se detenían alternativamente para ese fin. Vió a lo lejos que el Larguirucho, el delegado del gremio en la fábrica, se acercaba a cada uno de sus compañeros a comentarles algo. Cuando llegó hasta donde estaba Marco, le insistió que se afiliara al sindicato, argumentando que eso sería lo conveniente, ya que el gremio lo defendería en caso de conflicto con la patronal. Marco le respondió con evasivas y dijo que lo estaba pensando, que en cualquier momento lo buscaría para pedirle la ficha de afiliación.

Marco era la tercera generación de obreros en la familia. Su abuelo, un viejo ferroviario, militante de La Fraternidad, que comenzó morir el día que levantaron el ramal y los dejaron en la calle con casi treintaisiete años de servicios. Su padre, un ex empleado de comercio que también sufrió el desempleo durante la crisis del 2001 y se la rebuscó para laburar haciendo changas, mientras con otros de su condición veían la posibilidad de armar una cooperativa de trabajadores.

Con lo que su padre lograba juntar y los ingresos de su madre, que hacía viandas, pudieron sostener la casa hasta que Marco se recibiera de Técnico Mecánico en la desaparecida escuela técnica, La Industrial, como se la conocía en el pueblo.

Marco sabía, porque lo había mamado desde la cuna, que el individualismo no aporta nada, y que uno es y será lo que deba ser a partir de las construcciones colectivas con sus pares. Sin embargo, este sindicato nada se asemejaba a las organizaciones sindicales, que le había descripto su abuelo y su padre, con dirigentes en las calles encabezando las columnas de manifestantes y poniéndoles ellos también el cuerpo a las represiones policiales, que por entonces eran muy frecuentes. Aquellos dirigentes eran perseguidos por los gobiernos. Este sindicato le cobraba compulsivamente la cuota de afiliación bajo una amañada figura de “uso de convenio”. Los dirigentes de este sindicato tenían más reuniones con los patrones que asambleas con los laburantes, y se sentaban a la mesa en los banquetes de los gobernantes.

A Marco le habían contado que, no hacía mucho tiempo atrás, fue el mismo sindicato el que promovió el despido de un compañero que se atrevió a cuestionar esas prácticas de los dirigentes. Aunque no fue esa la primera vez que sucedió algo similar.

“Es una mierda – pensó -. Está todo podrido” y, por un momento, se le cruzó la idea de comenzar a conversar con los compañeros de mayor confianza y explorar la posibilidad de armar una lista para disputar la Comisión Interna, pero una gritería proveniente de la sección pintura llamó su atención. Vio corridas y hasta pudo identificar que alguien gritaba con desesperación: “¡Llamen a la ambulancia!”.

Vio a un operario que se alejaba del tumulto tomándose la cabeza con las dos manos. De inmediato, escuchó a sus espaldas que alguien arriesgaba “Uh, Marquito, ¡qué mocazo, alguien se hizo cagar!”. Sólo con las miradas coincidieron en que ambos debían acercarse al lugar a ver qué era lo que realmente había sucedido.

images A medida que avanzaban, las voces los sumergían en el drama que se había desatado.

- Che, Andrés… ¿Qué pasó, guaso? – le preguntó a un flaco que trabajaba en la sección con el herido

- El viejo Octavio se vino abajo del andamio aquel. – dijo con evidente nerviosismo-

- Uh… ¡Pobre viejo! ¿Y se hizo mucho?

- Está hecho mierda, loco… se golpeó la cabeza contra el piso. Hay un charco de sangre… ¡qué cagada! Fue una piña grande, tío… – alcanzó a decir con su voz cada vez más temblorosa.

Mientras se iban enterando, ingresó al galpón el servicio de primeros auxilios de la fábrica, pero cuando se enfrentaron con el cuadro prefirieron esperar al servicio de emergencias con los paramédicos.

-  ¡Hagan algo la puta que lo parió! ¡¿No ven manga e’ cabrones que el viejo se muere?!

- Gritó sacado el Andrés mientras flexionaba las piernas en un acto reflejo de exasperación.

- Flaco, no podemos hacer nada hasta que no lleguen los paramédicos… por ahí lo movemos y se nos corta. ?le respondió el enfermero, sin poder disimular su expresión angustiada.

El viejo Octavio, un pintor veterano de cincuenta y cinco años, yacía en el piso con el cuerpo boca abajo y un impresionante charco de sangre que manaba de su cabeza.

Algunos trabajadores que fueron testigos del suceso comenzaron a contar los detalles. Contaron que el viejo tropezó en un andamio elevado a cuatro metros y medio, y que cayó de cabeza al vacío.

Hacía tiempo que los operarios de la sección en donde se pintaban los chasis de los futuros automóviles, habían advertido a los jefes que la ausencia de baranda en ese andamio provocaría una desgracia.

Veinte minutos después de la caída de Octavio, llegó la ambulancia y los médicos comenzaron a indagar sobre el suceso. En ese momento, también llegó Víctor Wolf, el jefe del turno, que gozaba de la antipatía de los trabajadores por la prepotencia y el cinismo con que siempre los trataba.

-Ya le habíamos dicho al Octavio que, si no prestaba atención, algún día se iba a venir abajo… – dijo Wolf, con gesto preocupado.

-¡¿Qué decís, hijo de puta?! ¡Esto es un crimen provocado por la negligencia de ustedes!  – le gritó Manuel, un muchacho de unos veinticinco años que hacía tres trabajaba junto a Octavio. Manuel había ido cultivando, casi sin querer, un cariño filial hacia ese viejo que no sólo le enseñaba el oficio, sino que lo acompañaba y aconsejaba siempre-. ¡¿Acaso nos querés hacer creer que el viejo se cayó por boludo?! Sos un sorete, Wolf. Ni en un momento así dejás de lamerle las bolas a los gringos.

- Entiendo por lo que estás pasando, Manuel. Sé que lo que decís es fruto del shock y por eso no te sanciono.

- ¡Qué vas a sancionar vos, chupamedias alcahuete! Si el viejo se muere, los únicos responsables van a ser ustedes: los chupamedias y los patrones ¡Hace cuatro meses que te venimos pidiendo la baranda, pedazo de caradura! ¡Cagador! Vos sos el primer responsable por no haber hecho nada ante el reclamo que te elevamos… Te lo anunciamos, ¡Te lo anunciamos, la puta que te parió! Que si no ponían la baranda íbamos a tener una desgracia. ¡Cómo mierda no te caíste vos de allá arriba!  – le reclamaba Manuel mientras lo sostenían sus compañeros para evitar que agrediera a su superior. – ¡Esto no es un accidente! ¡Se pudo haber evitado, Wolf! ¡Lo pudiste haber evitado vos, basura! Pero tenías que cuidar la billetera a los patrones y no la vida de tus propios compañeros. ¡Wolf, sos un forro.! Entendelo. El día que a los gringos no sirvas más para el trabajo sucio, te van pegar un boleo en el orto”.

Los paramédicos ya habían acomodado a Octavio en la camilla. Lo habían tapado con una frazada y lo subían al interior de la ambulancia.

- ¡Esperen! – gritó Manuel?. Quiero ir con él. – Y se subió de un salto al vehículo.

La ambulancia salió a toda velocidad, con las balizas encendidas y recién cuando llegó a la ruta, encendió la sirena.

Marco, Andrés y el resto de los muchachos se quedaron estáticos mientras seguían con la mirada la imagen de esa ambulancia que a su paso teñía de rojo y blanco los árboles de la ruta. Fue una tortura regresar a sus puestos de trabajo. Era imposible continuar con ese ánimo quebrado por el terrible suceso. Cada tanto, las miradas se levantaban para buscar, en los rostros de los compañeros, alguna lágrima que justificara aquellas que se contenían en los párpados inflamados, en los ojos enrojecidos.

De pronto, en los celulares de Marco y Andrés y del resto de los muchachos, se activó casi simultáneamente la alarma de notificaciones del Whatsapp. Se miraron, esta vez con pavura. Cada uno esperaba que el otro fuera quien se enfrentara a la noticia. Por fin, Andrés metió la mano en su bolsillo derecho de su pantalón “cargo”, sacó el celular y, en su rostro, Marco pudo adelantar la tragedia: era un mensaje de Manuel, emitido a todo el grupo. Decía, escuetamente, “El viejo murió”.

Marco y Andrés se sentaron abatidos en el piso de la fábrica a comenzar a moldear el duelo ante la pérdida del compañero. Desde ese lugar, fueron testigos de cómo, casi de inmediato, algunos jefes emprendieron la tarea de limpiar el área donde Octavio había caído. Luego, esos mismos jefes se montaron al andamio y soldaron un caño a modo de baranda y lo pintaron. Marco y Andrés no podían creer lo que estaban viendo, pero no era el último acto de desprecio a la vida que les tocaría atestiguar: conocida la muerte de Octavio, el secretario general del sindicato se hizo presente enfundado en su característica camisa blanca, pero, lejos de contener a los compañeros del trabajador muerto y conocer su versión sobre lo sucedido, lo vieron acordando con los jefes la que sería, finalmente, la versión oficial de la empresa.

Todo quedó en que el “accidente” había sido una imprudencia del obrero. Al fin y al cabo, el andamio tenía una baranda.

A la familia de Octavio, la empresa le otorgó una indemnización, indigno soborno para comprar el silencio. Manuel fue despedido sin causa una semana después, cuando agitó la idea de hablar con los medios sobre este caso.

El hecho fue tratado sólo por el diario Hoy Día Córdoba y con los muy pocos datos que pudo recoger el periodista ante los herméticos silencios de las partes.

Octavio, un exempleado de la época de oro de la Fábrica Militar de Aviones, despedido previo a la privatización, tenía un sueño. “Cuando me jubile, – le había confiado a Manuel -  me voy al Coronel Olmedo y me voy a meter en esos vuelos de bautismo que hacen, ¿viste? Como puede ser que no haya volado nunca y haya estado fabricado aviones”, decía, justificando la idea de esa aventura.

       Hoy en la fábrica, los pocos testigos de aquella noche trágica, muestran a los nuevos operarios el andamio y les dicen: “¿Viste esa baranda? Bueno, esa baranda la pusieron ahí no para evitar la caída de algún trabajador, sino para contener la culpa de los asesinos que nos pagan el sueldo”.

 

Sergio Martín Coria  - Villa Dolores Pcia. De Córdoba   - Periodista

Tercer  Premio del 12° Concurso Sin Presiones Expresión Escrita de lxs Trabajadorxs

Organizado por el ISLyMA – Córdoba setiembre de 2021

 

El Jurado expresó:  Marcos es la tercera generación de obreros en la familia. El relato realiza una pintura de la fábrica y las relaciones humanas de la fábrica donde ocurre un accidente previsible. La voz narrativa traza la crítica ácida a los sindicatos y enciende la polémica cuando expone los motivos del operario –Marcos- que prefiere no afiliarse. Octavio es la víctima de un sistema que tapa la negligencia de los patrones. De buen ritmo, con personajes de perfiles claros, poder de síntesis, manejo de los tonos y de la progresión narrativa, “El vuelo del Octavio” ofrece la recreación de un hecho real que fue relevado por el diario “Hoy Día Córdoba”.

Un comentario de “Tercer Premio del 12° Concurso “Sin Presiones” Expresión Escrita de lxs Trabajadorxs

  1. Vívido relato de la situación laboral. Transmite el sentimiento y vivencias en profundidad, con lo que dice y lo que calla. Excelente!!!

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