Mención: 8º Concurso “Sin Presiones”- Título: “Ángel y Demonio”

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Título: Ángel y demonio

“El trabajo dignifica el alma de los hombres” recitaba seguido mi padre, casi como un mandamiento que debía heredarme a toda costa. Y así fue que envalentoné mi espíritu adolescente para salir en búsqueda de mil páginas de clasificados, publicaciones webs y recomendaciones de amigos cercanos. Pero la oportunidad apareció cuando menos la esperaba, sin pretensiones, sin tantas preguntas, no cuestionó mi inexperiencia y simplemente me aceptó.

Buenos Aires y Estrada empezaron a ser la esquina que frecuentaría desde aquella improvisada entrevista de trabajo que me dejó atrás del mostrador minutos. Ensuciando con harina y grasa la camisa blanca que llevé para simular presencia, no pude negarme a la propuesta de largar allí mismo, y un pantalón manchado no quitaría la alegría de haber conseguido lo que buscaba. O mejor dicho, creía buscar.

El primer día trabajé jornada completa, era el día de prueba que tanto me resaltó la encargada. “Allí evaluarían mis aptitudes para la atención al público”, dijo durante la entrevista y entre medio de la constante equivocación de mi nombre. Había cerca de veinte personas más esperando ser entrevistadas y no iba a recular por un par de simples marchas. Durante todas las preguntas que me hizo siempre me acordé del orgullo que sentirían mis viejos el día que volviera a casa del trabajo, la tranquilidad del alma que les daría saber que su hijo dialogaría entre estudiar y trabajar en su semana.

Eugenia, encargada del local me llevó hacia el sótano y me dejó a cargo del maestro panadero. Él sabría decirme qué hacer. Pero no fue así, apenas improvisó que llevara de aquí para allá bandejas sucias. Me pidió que subiera los panes horneados y entre un malabarismo de quemaduras apoyé sonriente las latas sobre el mostrador. Fue cuestión de unas horas para ver mi brazo rojo ardiendo y la manga de camisa teñida de marrón.

Luego de las primeras horas, entre subir y bajar, vi salir de una pequeña oficina del sótano a un hombre que conversaba con la encargada. Pasó por mi costado casi empujando con su aura mi paso, ni siquiera notó quién era el que llevaba las bandejas. Solo escaló las escaleras, me miró para que no baje y él pueda subir por los finos escalones, y salió por la puerta lateral del local. En silencio, masticando su propia soberbia.

No supe cuándo me subí al colectivo, fueron nueve o diez horas de corrido trabajando, y acostado sobre el asiento bailante la frente me transpiraba. Había limpiado los baños, ayudado al panadero,  lavado las tazas, secado las mesas, atendido el mostrador por varias horas y llevado carretillas de facturas a las sucursales más cercanas. Pese a que el cuerpo me latía de cansancio, aquella frase antes de salir me dejó satisfecho: “Muy bien Gastón, mañana te esperamos de vuelta”. Ese simple cúmulo de palabras me generaba un orgullo que no cabía dentro del pecho,  lentamente fui durmiéndome en la medianoche, mientras el último colectivo del día me acercaba a casa.

Recuerdo que bajé del 40 con sueño, agotado, cargando la corbata sucia en una mano y la camisa a medio abrir. El frío no se inmutaba en entrar por mi pecho y yo solo quería bañarme para ir a dormir. No saludé, dije que me fue bien y la promesa de contar el orgullo laboral a mi familia quedó en la nada. Solo llegué para salir, para recostarme y en la pronta mañana largar de nuevo, tendría ese turno matutino que tanto esperaba para seguir con la facultad. Apoyé mis hombros sobre las sábanas y por primera vez me sentí realizado, con el agotamiento que tanto enorgullecen los trabajadores pero padecen frente a la almohada.

Abrí los ojos y ya habían pasados dos semanas, no sabía en qué día estaba. Los miércoles cursaba Teorías Prácticas y yo no lograba disociar entre la noche o la mañana. Las horas extras de a poco comían la tarde y fines de jornada, “debía ganarme el puesto” comentaban los únicos empleados que tenían uniforme del local. Los que no, debieron esconderse cuando el Ministerio vino a revisar atrás del mostrados, y a mí y a varios nos pidieron el número de DNI. Pero la encargada estaba un paso adelantada, nos pidió horas antes que por favor nos sentáramos en las mesas  del lugar cuando ellos llegaran. No hicimos tiempo y entre el barullo que de retos para que varios bajen a ayudar al panadero, ella le habló a una de mis compañeras para que nos diga que invirtamos el número de documento si nos preguntaban. Y así fue, me sentí cómplice de algo que no entendía pero me aseguraba seguir cargando ese intento de orgullo laboral. El ministerio no se interesó en la escalera empinada del sótano, tampoco en si el nombre de la encargada era el correcto. Simplemente aquel grupo salió caminando mientras Eugenia, o Silvina, no sé cómo la encargada se llamaba si cambió su nombre en un vaivén del minuto.

Los primeros meses avanzaron tajantes en mi columna, el peso de las horas se notaba en lo seco de mis labios y al llegar mi primer franco noté que toda la camada de chicos nuevos ya no estaba. No pregunté nada, ese mismo día por la tarde habría seis caras, enorgullecidas por su suerte, inmunes a la jornada extendida. Y yo, aparentaba tener varios inviernos en el local, pero las suposiciones se desmembraban cuando varios nos preguntábamos por qué nadie superaba el medio año en la panadería. Y fue allí como empecé a dignificar mi alma, tal como mi padre dijo. Noté la frialdad de aquella encargada, las excesivas horas extras impuestamente recomendadas, el dolor del detergente sobre las quemaduras, y el sueño que de perfil me azotaba.

Tomé aire, encaré la subida con toda la paciencia que por dentro cultivaba. El peso era inmenso y la carretilla escatimaba de una de sus ruedas. Tarareaba una canción que me distrajera pero el dolor de la columna era insoportable, no puede ser que tan fáciles sean mis huesos si todo trabajador ello aguantaba. Pero en plena subida quebré mi llanto en silencio y con la cabeza gacha, y al torcer la mirada noté que el reflejo de un edificio me retrataba. Un burro. Triste y desgastado burro que lento gemía su pasto para seguir empujando su carga. Me sentí libre pese a las penas que en el hombro llevaba, lento asumí que la mejor derrota era no seguir padeciendo mi propia alma, mi propio orgullo, mi escasa calma.

Siento el frío adentrarse en mi camisa frente al reflejo, han pasado tantos años y aún me late la marca de la espalda desgastada. Haberme ido fue la derrota más triunfada de mi vida, y aquella frase de mi padre abrió la puerta a una propia lección moldeada: “En el juego de necesidades hay solo dos caras, ángel o demonio, burros y demanda”.

   Silveria

Gastón -Trabajador de la actividad privada – Ciudad de Córdoba.
(Mención 8ª Edición 2017 – SIN PRESIONES: Concurso de expresión escrita la salud de los trabajadores/as)

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